domingo, enero 23, 2011

22 01 11

A HR

Si ella fuera distinta no se pondría esas medias azules, ese vestido negro y esas botas altas, si ella no supiera que responde a mis sueños no lo haría... sería otra, por eso le dije que no era prudente, que era mejor guardar un espacio lo suficientemente grande como para que anide un cactus o al menos un abismo entre los dos. hoy se me complica recordar su nombre pero los nombres no tienen fuerza sin un sentiemiento y ella es solo recuerdo, eso q es hacer parir a la memoria todo lo que no pudo ser.

si mi cuerpo tuviera un recuerdo de ella seria su olor a violetas añejas. Ella, un fruto blando y jugoso a punto de podrirse en mis manos a punto de exprimirla , como lo hubiera hecho, y dejarla morir entre nuestra húmeda brevedad.
era ella, a las 11, a las 3 y a las 5, esa extraña visitante y esos pies frios incendiando mis pies calidos, era ella y su boca en medio de mis piernas bautizando mi cruz... la cruz del nombre que no puedo olvidar.
si movía mi dolor ella estaba ahí, quemando el mio, asomándose a mi pecho, intenando un amor que solo podía ser piel, diciendome, creo que ella me decía:
"mi niño"
entonces la empecé a odiar, por recitarme una letanía de incoherencias, por explicarme como es que se vive mejor o peor, como es que alguien le partió el alma y en el intento, a pesar de todo, sigue respirando... yo no necesito de eso -me repetía- yo no necesito más de eso y la dejaba en mis silencios, que decían más que sus palabras torpes e insensatas.
Entonces me recorría con su mano larga, corroyendo mi equilibrio ...con sus dedos finos enroscaba un deseo entre mis vellos, el gobierno del silencio se transformaba en gemido, en crujir de alcoba, en tropelías de saliva que agitaban ese espacio...mi cueva inexpugnable y sagrada.
la sinceridad es extraña cuando no se la domina bien, entonces me hice el favor de, horas más tarde, despedirla entre unos sutiles ancianos, tan silenciosos como yo y tan austeros como ella, ahí quería dejarla sentada... añorando, dejarla llorar dignamente, sola, pero lo bello es lo cruel y derrumbar ese ego, esa dignidad insolente que la domina era un espectáculo romano que no podía dejar de disfrutar con mis propios ojos, era morderla sin dejar huella, era herirme sin darme cuenta.
hoy no recuerdo su nombre, al final no me importa mucho, solo me queda eso que me enseño sin querer, eso que a ella el coraje y el dolor de otro también le enseñó: entre hacer y no hacer siempre elije hacer. entre dejar el corazón en la jaula de costillas elije siempre llevarlo expuesto como coraza, dispuesto a morir ...

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